No sabia como había llegado allí, no recordaba nada de antes de abrir los ojos, Luna simplemente despertó. Era una casa bellísima, enorme, un palacio vacío y frío, pero con grandes ventanales que daban a los ojos el regalo de una preciosa vista de verdes bosques y prados de grises cielos.
Su curiosidad le hizo empezar a descubrir la casa. El salón en el que se había despertado no tenía mas que tres puertas, un sofá y un impresionante fuego en la chimenea que conseguía calentar toda la habitación. Se levantó de sofá con los pies torpes a causa del sueño recién abandonado y se acercó a la ventana. Aunque aun no había empezado a caer ni una gota, entraba mucha luz de un atardecer lluvioso. El cristal estaba helado, su contacto, al contrario del cálido suelo, hizo que se estremeciese. Cuando estuvo mas despierta se dirigió a una de las puertas de la habitación.
Podría haber elegido otra, pero la diferencia entre las 3 puertas, una negra, una blanca, y una que parecía un cuadro de tantos colores que tenia, era tan enorme que no podía hacer mas que rendirse a la tan distinta belleza de esos tres impresionantes objetos y elegir la que tenia mas cerca. Así que se acercó a la puerta negra, impresionante por como se reflejaban en ella todas las sombras de la habitación y todos los verdes de la ventana. Era lisa, alargada, alta, y su marco, negro por la parte de dentro, se difuminaba hasta adquirir el color blanco de la pared. Lo único que te sacaba la idea de que fuese un rectángulo negro pintado en la pared era ese precioso pomo rojo oscuro que simulaban las alas desplegadas de un dragón.
Abrió la puerta y entró. Estaba muy oscuro, apenas podía ver nada, pero la luz que provenía del exterior de la sala del sofá le descubrió que esos pasillos tenían unas pequeñas ventanas pero que estaban tapadas por unas gruesas y pesadas cortinas negras. Las abrió, una a una, mientras iba a través de ese pasillo que, en un principio parecía oscuro pero que poco a poco iba dejando penetrar la luz y dejaba entrever en sus paredes el relieve de una enredadera de piedra que parecía que la guiase hacia delante, muy adelante. La siguió, hasta que llegó a un punto donde la enredadera se expandía, pasando a ocupar toda la pared y haciendo las veces del marco de una puerta de madera mucho mas simple que las del salón.
Se asomó con cuidado, pues esta no estaba cerrada, adentro vio algo que la dejó realmente desconcertada, había mucha gente ajetreada, desde ancianos hasta niños que justo empezaban a saber caminar. Unos estaban en unas mesas, escribiendo palabras en unos papelitos pequeños que luego metían dentro de unas cajas de madera. Otros llevaban estas palabras arriba y abajo, llevándolas desde las mesas hasta unas estanterías, de donde se iban cogiendo para dárselas a los mas pequeños, y estos las ordenaban en un orden totalmente aleatorio, sin prejuicios ni ningún tipo de preferencia, ya que estos aun no entendían los dibujitos que los mayores pintaban en los papelitos y que tan importantes parecían. Luego venia un adulto y las cosía entre ellas con el orden elegido por las criaturas.
De repente algo golpeó a Luna. Detrás de una enorme caja llena de un tejido de palabras se veía una cara con gafas ,enfadada y perilla canosa. Era un hombre de unos 40 años, le pidió que se apartara y cuando Luna le dejo pasar se fue a paso rápido siguiendo las enredaderas en la misma dirección que antes ella lo había hecho. Muerta de curiosidad por saber donde irían a parar esas palabras le siguió rápidamente por el pasillo, hasta que sin pensárselo dos veces el señor se metió en la siguiente sala del pasillo. La muchacha volvió a observar.
En esta sala, muchísimo mas tranquila que la otra había dos grupos de gente. Esta vez eran todos mayores, unos estaban sentados en unas cómodas butacas orientadas hacia un fuego mientras otros estaban en unas bonitas mesas de escritorio, sentados en amplias sillas con apoyabrazos y un alto respaldo. El hombre de la caja se dirigió hacia los que estaban sentados en las butacas y les dejó a su lado la caja con los tejidos de papeles. Uno de las chicas que estaba sentada en las butacas recogió de la caja un trozo de tejido y empezó a leerlo. Enseguida frunció el ceño y tiró el trozo de papel al fuego. Todos los presentes sentados en los cómodos sillones hacían lo mismo. Pero de vez en cuando una enorme sonrisa se dibujaba en la cara de uno de los lectores y este se levantaba emocionado para llevarle el papel a uno de los de los escritores. Estos estaban todo el rato escribiendo cuidadosamente las palabras de los tejidos elegidos. Habían montones de papeles de perfecta caligrafía acumulados a sus lados que unos muchachos jóvenes iban encuadernando manualmente.
Un chico con una sonrisa radiante empujaba un carrito lleno de libros recién hechos, Luna calculaba que deberían haber tardado semanas en conseguir crearlos, pero en medio de sus cavilaciones se tuvo que apartar de la puerta, pues el muchacho pretendía salir de allí, y hoy la chica ya había aprendido la lección de permanecer durante demasiado rato detrás de las puertas. Esta vez también siguió al portador de las palabras.
Esto la llevó hasta una enorme puerta. Era igual que la puerta blanca del salón donde se había despertado, en ella había grabadas unas enormes alas de ángel, la puerta esta vez no era rectangular, como la negra, si no que era de forma ovalada. Luna siguió al chico y se quedo de piedra de la impresión que le dio aquello que acababa de ver. Era una enorme sala, mucho mas grande que las que había visto hasta entonces en ese palacio. En la otra punta había otra puerta blanca, idéntica a la que acababa de cruzar, las paredes y columnas estaban cubiertas de estanterías repletas de libros, y tan altas eran estas que habían puesto unas escaleras de caracol para subir a los distintos niveles que tenían las estanterías. Para pasar de unos a otros pasillos que había recorriendo todo el perímetro de las estanterías había montones de puentes de madera colgantes.
Luna pensó que, aun y su amor que tenia hacia la lectura, y aunque su velocidad al leer fuese muy rápida nunca sería capaz de saborear tantísimos libros. Estaba realmente maravillada por esa vista. Se pasó un buen rato dando vueltas por esa enorme biblioteca con la única luz de esa tarde nublada.